‘La vida en Centroamérica es tan violenta como antes’

A 30 años de guerras en la región del Norte de América Central, hay tanta zozobra como en los 90.

La primera vez que intenté visitar Suchitoto era una ciudad en estado de sitio. Las guerrillas de izquierda que controlaban el cercano volcán Guazapa trataban de correr a los militares. Tres cuartas partes de sus 40.000 habitantes habían huido o muerto. La vida era miserable para los que se quedaron en medio de sabotajes que cortaron la electricidad y el agua durante dos años. Las carreteras estaban minadas y el servicio de autobuses, suspendido. Aunque a solo 48 km de San Salvador, Suchitoto estaba esencialmente aislada del resto del mundo.

Yo era un joven reportero que cubría las guerras de América Central en los 80. No creo que nuestro coche alquilado con su cartel de “prensa” hubiera podido sortear los obstáculos. Y tal vez fue lo mejor. Una noche, en nuestro camino de regreso a la capital, fuimos parados por un grupo de milicianos gubernamentales, evidentemente ebrios, blandiendo sus fusiles. Unas semanas más tarde, las tropas secuestraron un grupo de periodistas holandeses que trataban de contactar a la guerrilla. Nuestros colegas nunca volvieron.

 Hoy, a primera vista, Suchitoto parece haber dejado atrás ese sangriento pasado. Tal vez improbablemente, ahora es una de las localidades turísticas más conocidas de El Salvador. Han surgido pequeños hoteles, cafés y galerías de arte.

(Además: El Salvador cerca de superar los 4.000 homicidios al cierre de agosto)

Si se explora un poco más profundo, sin embargo, uno descubre rápidamente que gran parte de Suchitoto es tan problemática como lo era en aquel entonces. Sí, el centro es bastante tranquilo. Pero en los márgenes más pobres de la ciudad, dos pandillas armadas –Mara Salvatrucha y Barrio 18– están envueltas en una guerra territorial que ha convertido a El Salvador en el país más peligroso del mundo después de Siria. Las pandillas –las maras– operan con impunidad y extorsionan a empresas con “impuestos de guerra”. “Uno prefiere pagar (…) y seguir trabajando. Es como una peste. Todos lamentamos cómo se perdió el control”, me dijo un hombre de negocios, que pidió dejar su nombre en reserva.

Con este nivel de violencia e impunidad, a los buenos proyectos no les resulta fácil sobrevivir. Incluso las ideas empresariales más prometedoras tienden a marchitarse. En Suchitoto, restaurantes y operadores turísticos se han desmoronado. Los guías turísticos no visitan los lugares sin protección policial.

La escuela Pájaro Flor, que desde sus inicios, hace ocho años, se benefició de las agencias internacionales que envían voluntarios, está en graves problemas. Nelson Melgar, director de la escuela, está desesperadamente decepcionado. “Es muy triste para nosotros, la generación que nos tocó vivir una guerra”, dijo.

Confieso que también fue triste para mí. Empecé mi carrera periodística en una América Central sacudida por una terrible violencia. Hubo muchos cambios positivos desde entonces, pero durante el viaje de tres semanas por el llamado Triángulo del Norte (Guatemala, El Salvador y Honduras) fue sorprendente ver en qué medida el miedo, la inseguridad y el derramamiento de sangre siguen dominando la vida de la gente común.

Todo parece posible

Al igual que en la década de los 80, la crisis no siempre es evidente para el visitante. El corazón de la clase media de San Salvador parecía tranquilo durante mi primera visita. Cuando volvíamos de nuestras coberturas, nos alegraba comer pupusas y paella casera y a beber cervezas Pilsener en pequeños restaurantes que se amontonaban alrededor del Hotel Camino Real. La zona es ahora comercialmente más agresiva.

No se siente particularmente peligroso, pero algunos dicen que la situación es más grave que en los 80. Uno de ellos es Joaquín Villalobos, uno de los principales comandantes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), el grupo guerrillero que luchó contra las fuerzas armadas apoyadas por Estados Unidos hasta llegar a un punto muerto.

“Mucha gente está haciendo dinero en medio de una gran tragedia social, la peor de nuestra historia”, dice Villalobos, que ahora es consultor en Gran Bretaña. “Es mucho peor que la guerra, porque hay menos esperanza. La guerra era una violencia organizada. Esto es caos y anarquía”.

Villalobos dice que su país está viviendo un círculo vicioso. El bajo crecimiento económico conduce a una alta tasa de desempleo, que lleva a las personas a dejar el país. Los que se quedan dependen de las remesas. Mientras tanto, miles de jóvenes, incapaces de hallar trabajo, y a menudo viviendo en familias rotas por la partida de los jefes de familia, llegan a las maras para un ingreso básico. La inseguridad resultante deprime aún más la actividad económica y conduce a una mayor emigración. El asunto es especialmente agudo en El Salvador, pero el ciclo es visible en Honduras y Guatemala.

La falta de recursos en el sector público empeora las cosas. Un resultado es una Policía sin fondos ni personal suficiente, que a menudo es invisible en las zonas más pobres.

Las pandillas son un legado de la turbulencia. Muchos de quienes emigraron a Los Ángeles en los 80, o sus hijos, fueron deportados de regreso a América Central y volvieron con la cultura de las pandillas. “La Policía dice: ‘Las pandillas no tienen control y nosotros entramos a las comunidades’. Pero el tema se vuelve ‘una dictadura criminal’ ”, señala Estela Armijo, una expolicía que ahora trabaja como consultora.

Si el combustible de la violencia en la década de 1980 fue la ideología, hoy lo son el crimen organizado y, en gran parte de la región, las drogas. La intensificación de la guerra contra las drogas en Colombia y luego en México llevó a un cambio en las rutas de exportación. Con sus interiores y costas caribeñas débilmente vigilados y funcionarios corruptibles, Honduras y Guatemala se convirtieron en estaciones de importancia para los narcóticos en camino a EE. UU.

En busca de soluciones

Cuando visité por primera vez la región, en la cima de la Guerra Fría, América Central se caracterizaba por dictaduras o por democracias muy débiles. Hoy todos sus países son democracias. Hay una pluralidad recién descubierta que ya está teniendo consecuencias positivas en la vida real.

Es el caso de Nineth Montenegro, quien se lanzó a la actividad política cuando su marido fue asesinado por militares guatemaltecos en 1984. En los años que siguieron, apenas escapó a la muerte. Hoy integra la izquierda moderada del Congreso, que funciona a solo una cuadra de los edificios donde los “subversivos” eran torturados; el año pasado jugó un papel destacado en la investigación que llevó a la caída de Otto Pérez Molina.

Las economías de la región también han cambiado para mejor. A comienzos de los 80, la entrada de divisas de América Central era dependiente de un puñado de cultivos. En estos días, los ingresos de la agricultura son pequeños comparados con un sector de maquila. Unas 350.000 personas en los países del Triángulo están empleadas en este tipo de plantas. Durante la última década, el valor de las mercancías exportadas desde esa zona se ha incrementado en más de 70 por ciento.

Aun así, el ritmo de progreso de América Central en las últimas tres décadas se ha quedado atrás respecto de otras regiones de América Latina. Juan Carlos Zapata, director de Fundesa, una organización empresarial de Guatemala, dice que en su país la productividad del trabajo no ha aumentado en absoluto desde 1978.

Cualquier solución a los males de la región debe hacer frente al problema de la masa de desempleados jóvenes que son inducidos a emigrar o a unirse a las pandillas. Los funcionarios de las capitales de estos países lo saben. Mientras tanto, hay una oportunidad. El paquete de ayuda de US $ 750 millones que los países del Triángulo del Norte negociaron con EE. UU. es un paso inicial importante. La pregunta es, ¿en qué deberían enfocarse los fondos?

Islas de excelencia

Hay algunos aspectos positivos como punto de partida, incluyendo la rápida expansión de los teléfonos móviles y las finanzas, la manufactura y el reciente éxito de la tercerización de negocios. Pero si se considera la miríada de desafíos que la región tiene por delante, está claro que la agricultura será una parte absolutamente crítica para el futuro del Triángulo del Norte.

Leonardo López, que cultiva maíz y café cerca de San Martín Jilotepeque (Guatemala), dice que va a quedarse donde está, por el momento. Muchos de sus vecinos ya han vendido sus tierras, a menudo para invertir en un nuevo carro o una moto. “Uno tiene que comenzar con la agricultura porque estas zonas rurales son las que están expulsando gente”, dice Víctor Umaña, un profesor de la escuela de negocios Incae en San José (Costa Rica).

Un enfoque sería apoyar un cambio en los métodos de cultivo que ayude a los agricultores a hacer frente a las lluvias menos predecibles. Más allá de eso, América Central probablemente podría hacer más por explotar su potencial en verduras, frutas, café o cacao de alta calidad.

Las inversiones en ese tipo de proyectos podrían conseguir mucho. Pero después de las tres semanas en el Triángulo del Norte, una verdad me había quedado clara: así como la paz era esencial para el progreso en los 90 y los 2000, la seguridad es hoy un requisito para el avance. También en este caso hay algunos signos positivos. En Guatemala y Honduras, las tasas de homicidio han disminuido y algunas instituciones han mostrado considerable independencia y coraje. En Guatemala, los avances culminaron en 2015 con la destitución de Pérez Molina y su vice, Roxana Baldetti.

También ha habido mejoras en la acción policial que se remontan a mediados de los años 2000, cuando se tomaron medidas para fortalecer la Procuraduría General y reformas legales que facilitan el uso de evidencias forenses e intercepciones telefónicas. “Algunas estructuras criminales han sido desarmadas y las tasas de criminalidad, aunque altas, están cayendo”, dice Arturo Matute, investigador del International Crisis Group (ICG).

El avance de Honduras es más reciente. Bajo el presidente Juan Orlando Hernández, grupos organizados de narcotráfico, incluyendo ‘los Valle’ y ‘los Cachiros’, han sido desarticulados. Al igual que Colombia, Honduras ha sido ayudada por un tratado de extradición que le ha dado la asistencia de EE.UU. en la batalla contra los jefes de la droga. Las tasas de homicidios se han reducido a 57 por cada 100.000 habitantes en 2015, más de 20 puntos por debajo del 2014.

Las tasas de asesinatos pueden haber caído, pero la extorsión es ubicua tanto en Honduras como en Guatemala. Una persona que dirige una empresa de taxi en Nueva Suyapa, Tegucigalpa, me dijo que tiene que pagar tres extorsiones diferentes cada semana.

Tampoco hay señal alguna de mejora en los suburbios pobres de la ciudad de Guatemala, donde las pandillas parecen llevar la batuta.

No hay responsables

La Policía comunitaria del tipo que se ha desarrollado en Nicaragua es parte de la solución. Pero es mucho más difícil de implementar en El Salvador, donde los avances han sido más complicados que en los otros países. La política ha oscilado entre la supresión de la mano dura, que preferían los gobiernos de derecha de la década de 2000, y la negociación, inicialmente favorecida por la izquierda tras su llegada al poder en 2009. Una tregua derivó finalmente en una mayor violencia y desde entonces ha dado paso a una política de represión pura y simple, que José Miguel Cruz, profesor de la Universidad Internacional de la Florida, describe como mano brutal. “Están permitiendo que la Policía y el Ejército disparen primero y pregunten después. No afrontan ninguna responsabilidad”.

Villalobos, el exguerrillero, cree que con 25.000 agentes de policía para enfrentar a 65.000 integrantes de las maras, solo un aumento radical en la cantidad de policías hará una diferencia.

“La solución reside en la multiplicación de las capacidad del Estado, coercitivas y preventivas. El problema es tan grave que El Salvador ya no puede defenderse con la cantidad de policías que tiene. Se necesita el doble, incluyendo categorías de policías de barrio que recuperen las comunidades”.

Una solución de ese tipo implicaría dos cambios. El primero sería el aumento sustancial de los impuestos que recaudan los gobiernos del Triángulo del Norte. El segundo sería una mayor confianza entre las comunidades, las autoridades y las fuerzas de seguridad. En los países con una herencia de divisiones y luchas que se remontan a los 80 y más allá, ese podría ser el mayor de todos los desafíos.

RICHARD LAPPER
Periodista independiente y consultor. Ocupó varas posiciones en el periódico ‘Financial Times’ entre 1990 y 2015, entre ellas editor de Latinoamérica y jefe del servicio de investigación de inversiones para la región.

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