COL: El vaivén de un habitante entre el hogar de paso y la calle en Bogotá

El Espectador

Acompañamos al equipo de atención en calle del Distrito. Buena parte de las personas recogidas toman los hogares de paso como sitio de alojamiento, no como lugar para recuperarse.

Ciento treinta personas conforman el equipo de atención en calle de la Secretaría de Integración Social, que trabaja 24 horas y a lo largo y ancho de la ciudad. En promedio recorren 19 kilómetros diarios y trasladan a unos 140 habitantes de calle a los hogares de paso del Distrito. Su responsabilidad es cumplir con una cuota: por cada persona que decida abandonar los centros, ellos deben buscar otra que la sustituya. La ruta depende de las zonas donde haya mayor concentración de esta población.

El grupo que acompaño hoy lo conforman ocho personas —psicólogos, trabajadores sociales, educadores físicos— que, a bordo de una van escolar, se dirigen al parque Santander, donde los habitantes de calle suelen pasar la noche.

En el trayecto, a la altura del Cementerio Central, un hombre —30 años, bufanda, con audífonos— hace el pare a la van y se sube. El equipo del Distrito suele recogerlo en esa zona y lo lleva al hogar de paso Bacatá para que pase la noche. Al siguiente día, temprano, vuelve a las calles para vender dulces y limpiar parabrisas en los semáforos. Esa es la dinámica: algunos habitantes de calle, que ya no visten con harapos, hacen sus actividades durante el día y buscan un centro del Distrito para paliar el frío de la noche.

 Para algunos de ellos, permanecer en un hogar de paso es interrumpir las formas de ganarse la vida: dejar de reciclar, de retacar, de buscar ropa barata para vender en sectores como El Madrugón.

En el parque Santander, el equipo se acerca a un hombre recostado en las escalinatas del edificio de Avianca. Tiene el pelo revolcado, rostro colorado, tufo de trago barato. “¿Por qué no va al servicio? Le ofrecemos comida, baño”, le dice uno de los funcionarios. El hombre niega con la mano, se sobresalta. Cuando los habitantes de calle están ebrios o volados por el consumo de drogas, dice alguien del equipo, es tarea imposible convencerlos. No hay siquiera diálogo. Otra razón para negarse es que ya se familiarizaron con un sector: ¿para qué ir en busca de atención básica cuando los vecinos regalan comida, ropa, colchón?

En las bancas del parque hay dos hombres sentados. Uno de ellos, José Cuéllar, de 66 años, hizo la ruta completa que propone el Distrito para esta población: durante tres meses estuvo en un centro de acogida, luego pasó al Centro de Desarrollo Personal El Camino, donde recibió atención psicológica, y terminó el proceso trabajando en la limpieza de caños y quebradas, parte de un proyecto que comandan el Idiger y la Universidad de los Andes.

Hoy, después de 20 meses, está en la banca de un parque esperando que le salga trabajo. “El proceso de resocialización tienen un límite. Algunos de mis compañeros fueron contratados por Aguas de Bogotá, otros, en cambio, debemos salir a rebuscarla”.

A pesar de que desde hace dos años no consume bazuco ni marihuana, cuestiona el proceso de desintoxicación que ofrece el Distrito. “Traté la ansiedad de consumir a punta de voluntad. Allá no tienen un programa como tal. Haga una encuesta y verá: de mil personas, sólo dos se rehabilitan. Allá dan charlas, hacen juegos maricas: que el teléfono roto, que la ovejita. Yo estoy muy viejo para jugar a cogerles las manos a otros”.

Para Cuéllar, falta personal mejor capacitado. Profesionales que entiendan las dislocaciones mentales que produce la droga.

Néver Medrano, líder del equipo en calle, dice que el proyecto de limpieza ambiental es importante porque ayuda a recuperar hábitos: levantarse temprano, bañarse, empacar un almuerzo, cumplir un horario, reconocer un jefe. Sin embargo, admite que, aunque hay algunos convenios con Transmilenio, Compensar y Aguas de Bogotá, no pueden asegurarles empleo a todos.

Hugo Rodríguez, quien acompaña a Cuéllar y también trabajó como recuperador ambiental, también está buscando trabajo. Hace unas décadas se dedicó a ensamblar vehículos y hoy lava carros ocasionalmente. Sobre su última estancia en el hogar de paso, que duró siete meses, cuenta que aprendió a valorarse más y que así “no necesita volver a mendigar amor”. Ahora que ganó autoestima, le preocupa volver a perderla: no tiene trabajo ni una pieza para dormir.

Después de hora y media de recorrido, el equipo recogió a 10 personas.Buena parte de ellas son viejos conocidos de los hogares de paso del Distrito. Mañana, seguramente, tanto los habitantes como el equipo de la Secretaría de Integración volverán a la calle.

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